jueves, 29 de agosto de 2019

La Camarista - por Leda Perez (El Comercio)

29.8.2019
Hace unos días, la cineasta Lila Avilés ganó el premio de mejor ópera prima en el Festival de Cine de Lima, organizado por la Pontifica Universidad Católica del Perú (PUCP), por su filme “La camarista”. La película me hizo pensar en la importancia de la mirada de quien relata la historia para contribuir a entendimientos más completos de situaciones complejas. En este largometraje, la narración la dicta una joven camarera de un lujoso hotel de Ciudad de México –Eve–, que lleva al espectador hacia sus quehaceres cotidianos.
Mientras acompañaba a Eve, no podía dejar de pensar en el director Alfonso Cuarón y en su aclamada “Roma”, en la que, pese a presentar a Cleo como una mujer inspiradora y colocarla como el personaje central de la trama, el que narra es Cuarón, con base en sus recuerdos de infancia.
Ambas películas han sido dirigidas por mexicanos, un hombre de mediana edad y una mujer joven. La primera relata una experiencia vivida hace casi 50 años, y la otra nos cuenta una historia mucho más actual. Ambas, sin embargo, centran su mirada en las labores de dos mujeres jóvenes, pobres, no blancas y que trabajan al servicio de otros. En los dos casos se nos presenta a personas cuyas existencias sirven para asegurar la comodidad de otros: Cleo lo hace en una casa llena de niños, quehaceres domésticos y dramas familiares, mientras que Eve se dedica a un hotel colmado de personas provenientes de diversas partes del mundo con necesidades de limpieza, alimentación y, muchas veces, atención personal.


Para Cuarón, situar a Cleo como la protagonista de “Roma” fue una manera de honrar a la niñera que jugó un papel clave en su infancia. Sin embargo, al basarse en su propia experiencia, no alcanzó a registrar los complejos sentimientos que –con seguridad– ella sintió con relación a su papel inferiorizado en la sociedad mexicana. En contraste, Avilés coloca la mirada del espectador en Eve, quien nos muestra directamente –a través de sus ojos y sus sensaciones– un testimonio del constante maltrato que sufre en su trabajo.
Por ejemplo, la película comienza con Eve limpiando una habitación desastrosa en la que encuentra a un huésped dormitando debajo de las colchas. Al descubrirse ambos, él solo le hace una seña con la mano para indicarle que se vaya –tal vez avergonzado de que la joven lo haya encontrado en una situación tan desagradable–. Eve también nos lleva al cuarto del huésped malcriado, que constantemente le pide objetos adicionales (el individuo es una suerte de acaparador de jabones y perfumes de hotel) y que, en lugar de agradecerle por su atención, la mira despectivamente. O al de la señora argentina que espera a su marido empresario en el hotel con su bebe, al que debe amamantar, y que engatusa a la joven Eve para que pase todos los días a encargarse un rato del niño a fin de que pueda ducharse tranquila. En contraposición, Eve aprovecha para ducharse en el hotel antes de salir hacia su lejano domicilio, que no cuenta con agua de caño.
Las escenas con la argentina, sin embargo, son engañosas. La señora es amable, aparentemente horizontal en su trato con Eve, y le paga a esta por su tiempo. Sin embargo, viendo la situación a través de la mirada de Eve, se percibe el abismo entre las dos: una cuenta con los recursos suficientes como para emplear a otra, quien, para salir a trabajar, necesita a su vez dejar a su propio hijo de 4 años a cargo de otra mujer pobre.
Al final, el poder está del otro lado y Eve, como tantas otras en su situación, es solo un instrumento que sirve para el momento. La señora parte luego de sugerirle un posible trabajo en Argentina, y ni siquiera se despide.
Y así prosigue la película, escena tras escena de huéspedes inconscientes —o indiferentes—, así como también compañeros de trabajo depredadores. Para Eve no hay un sitio seguro. Esta es su vida. Y Avilés nos lo muestra sin titubear. Así es para tantas mujeres en servicio domestico o de cuidados: mal remuneradas, marginadas, invisibilizadas, blancos para la explotación. Solas. Pero, gracias a Avilés y Eve, no mudas.
https://elcomercio.pe/opinion/columnistas/camarista-leda-m-perez-noticia-ecpm-670278  

martes, 23 de julio de 2019

Palomitas de Maiz - comentario de José Luis Panero sobre La política va al cine

¡Mis queridos palomiteros! Tecnos lanza ‘La política va al cine’: la realidad supera a la ficción, coordinada por los especialistas política comparada y relaciones internacionales, Manuel Alcántara (Universidad de Salamanca, España) y Santiago Mariani (Universidad del Pacífico, Perú).

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lunes, 4 de marzo de 2019

¿Adónde llevan los caminos luego de Roma? - por Leda Pérez (El Comercio)

“En gran parte del mundo, mujeres jóvenes continúan sirviendo en hogares que no son los suyos, a menudo recibiendo poca remuneración, a veces nada”.

Comentario publicado en El Comercio el 20 de febrero de 2019

Fuente: https://elcomercio.pe/opinion/colaboradores/llevan-caminos-luego-roma-leda-perez-noticia-609416 

Apuesto que “Roma”, la aclamada película del cineasta mexicano Alfonso Cuarón, ganará al menos uno de los premios Óscar. Tan bello como conmovedor, su filme ha sido particularmente celebrado por su enfoque en un personaje bien conocido en América Latina: la trabajadora del hogar. 


Tanto en conversaciones personales como en la prensa, los comentarios han revelado la intensidad de la cuerda tocada en los corazones de algunos que experimentaron infancias de clase parecidas a la que Cuarón tan hábilmente describe en su película. Algunos de los artículos que he leído muestran una suerte de ‘saudade’ en torno a afectos para ex niñeras. Otros centran su atención en la fortaleza de dos mujeres abandonadas frente a una sociedad machista.



Lo que brilla por su ausencia es una reflexión sobre la posición de la protagonista, Cleo, como trabajadora doméstica y cómo –o si– ese rol ha cambiado hoy. No obstante, a través de la mirada de Cuarón, vemos claramente un personaje que no es unidimensional; es alguien con matices, con una vida propia y que experimenta situaciones complejas como se ilustra, por ejemplo, en la escena traumática donde la hija de Cleo nace muerta.

Pero en ninguna parte de esta película el espectador ve o siente la indignación, la frustración, la ira –o incluso la impotencia– de Cleo en su papel de sirvienta. Debo imaginar que alguna vez se habría preguntado por qué no gozaba de los mismos privilegios y de la movilidad social que experimentaban sus empleadores.
Entre las muchas entrevistas que he tenido con trabajadoras del hogar, como parte de mi investigación en curso, puedo dar testimonio de las complejas emociones que coexisten en las personas que realizan este trabajo. He escuchado historias de profundo afecto por los empleadores, inclusive caracterizando la relación como una en la cual ella era vista como parte de la familia. Pero, incluso en esos casos, he descubierto que cuando la superficie se araña solo un poco, surgen muchos sentimientos complicados, a veces contradictorios. Entre ellos la indignación y, a menudo, la confusión que conlleva el no formar parte de la misma familia. El trato es desigual; saben que pueden ser fácilmente descartadas.
Mientras que Cuarón imbuyó el carácter de Cleo con sentimientos y agencia, ese mismo sentido de sí misma no surgió con respecto a su papel como sirvienta. No vemos a Cleo cuestionar su posición en esta familia, su papel en el trabajo o en la sociedad. 


Ni cuando el padre de familia regresa del trabajo y ella se queda afuera con la otra criada, el perro y sus excrementos. El patriarca ni siquiera mira a la persona que abrió las puertas del patio y sostuvo al perro, para poder ingresar con su auto demasiado grande para el estacionamiento. Sin embargo, Cleo no muestra molestia por no ser reconocida como un ser humano, o como alguien amada por ese hogar. Asimismo, después de perder a su propia hija, su empleadora insiste en que Cleo la acompañe en la vacación familiar, la cual culmina en su rescate de los dos niños más pequeños del océano, a pesar de su propia incapacidad para nadar. La película finaliza con un abrazo familiar donde madre e hijos le dicen a Cleo que la quieren.



Cómo se siente Cleo con respecto a su lugar en esta familia que dice que la quiere pero que espera que limpie las deposiciones del perro, salve a los hijos y les sirva en su mesa familiar donde no hay un asiento para ella termina siendo una incógnita irresuelta. 



En gran parte del mundo, mujeres jóvenes continúan sirviendo en hogares que no son los suyos, a menudo recibiendo poca remuneración, a veces nada. Y todavía hay divisa en la idea de que, debido a la proximidad compartida y la responsabilidad que les incumben, son parte de la familia. Pero no lo son. No ocupan espacio igual; no se sientan en la misma mesa; su tiempo no es el suyo; no gozan de los mismos derechos. 



La servidumbre sigue siendo una institución en América Latina. Las personas que hacen este trabajo son invariablemente no blancas y migrantes. Y son mujeres. Supongo que por eso prefiero tener una conversación sobre por qué es así; por qué los parques siguen llenos de niñeras uniformadas corriendo detrás de los niños de otras personas, en lugar de disfrutar de los medios para pasar el tiempo con los suyos.

Green Book: Viajar es fatal para los prejucios - por Mario Granda (RPP)

La ganadora del premio Óscar a la Mejor Película se inspiró en una guía de viajes creada para que personas de raza negra pudieran viajar seguras en un país aún dividido por el racismo. No obstante, también fue una forma de ejercer un silencioso pero constante activismo.

Por: Mario Granda
Comentario publicado en el portal de RPP el 27 de Febrero de 2019
Fuente original: https://rpp.pe/columnistas/mariocarlosgrandarangel/green-book-viajar-es-fatal-para-los-prejuicios-noticia-1182930 
La película Green Book (2018), que acaba de recibir el premio Óscar de la Academia a Mejor Película, relata los viajes que realiza un pianista afrodescendiente durante una gira de conciertos por el sur de los Estados Unidos a comienzos de la década de 1960. El Cadillac Sedan en el que viaja Don Shirley (Mahershala Ali) es conducido por Tony Lip (Viggo Mortensen), un matón de casinos neoyorkino de origen italiano que también tiene la tarea de protegerlo si es que a lo largo del camino surgiera algún peligro.
Sin embargo, el verdadero guion de la película no se encuentra tanto en las peripecias que envuelven a los dos viajeros sino en la guía de viajes –el Green Book– que utiliza Tony para saber cuáles son los hoteles, restaurantes, sastrerías y cualquier otro tipo de establecimiento que permite la entrada de la población negra. En el filme, el virtuoso Don toca sus piezas en los mejores salones para aristócratas blancos, pero cuando es hora de dormir tiene que pasar la noche en las pensiones solo para aquellos de su condición. Si se atreve a entrar a un bar reservado para blancos, puede terminar golpeado; si quiere comprar un terno para él, los vendedores no se lo ofrecerán. En más de una ocasión, Tony tiene que mostrar sus fuertes brazos y usar su replana para que las cosas no terminen mal.

. | Fuente: The Green Book - Carátula 1949
El Green Book que Tony lleva en sus manos se inspira en una guía de viajes norteamericana que se vendía bajo el nombre de The Negro Motorist Green Book. La guía apareció por primera vez en 1936 y con el tiempo se convirtió en el libro obligado de todo hombre o mujer de raza negra que deseara recorrer un país todavía dividido por la doctrina del racismo. Para no correr con posibles riesgos, la guía proveía los nombres de las tiendas, garajes, gasolineras, salones de belleza, farmacias, sastrerías, nightclubs, licorerías y otros establecimientos que aceptaran a los viajeros de color. Una copia de la guía del 1949, disponible en internet, revela también que una de las preocupaciones de estos viajeros no solo eran las posibles agresiones sino la deshonra pública por la que podían pasar al poner el pie en un lugar equivocado.
El Green Book lo sabía muy bien, y es por eso que en una de sus páginas dice: “¡Ahora podemos viajar sin humillaciones!”. Además de la información sobre Estados Unidos, también se encuentran referencias para los viajeros que quisieran ir a Alaska, Canadá, México o las Bahamas. También hay espacios para algunas reseñas turísticas y para la publicidad. En una de las páginas encontramos una noticia sobre la ciudad de Robbins, en el estado de Illinois, que el autor invita a visitar; la ciudad destaca porque es “una ciudad apropiada y supervisada por negros [negroes]”. La compañía Ford, consciente del mercado emergente de la comunidad negra norteamericana, tiene reservada una amplia nota y una fotografía del último convertible que ha salido al mercado.
Precisamente, uno de los factores que ayudó mucho a la popularidad de la verde guía fue el interés de las familias negras por los automóviles, pues los autobuses eran los espacios en los que recibían mayores agravios. El éxito del pequeño libro de no más de cien páginas fue tal que estuvo a la venta durante treinta años (desde 1936 hasta 1966) y en sus mejores tiempos llegó a imprimir 15 000 copias. El creador y el editor de la guía fue Víctor Hugo Green, un cartero del servicio postal que a lo largo de sus recorridos descubrió las dificultades que podían tener personas como él.
En la carátula de la copia que tenemos se encuentra una cita de Mark Twain, infatigable viajero del sur: “Travel is fatal to prejudice” (“Viajar es fatal para los prejuicios”). Pero verdaderas dotes literarias de Victor Hugo (además de su nombre) se encuentran en la extensa presentación de la guía. En ella el escritor conjetura tiempos mejores para los de su comunidad: “Llegará alguna vez el día en el futuro cercano en que esta guía no será publicada. Eso ocurrirá cuando nosotros, como raza, tengamos en los Estados Unidos oportunidades y privilegios iguales. Será un gran día para nosotros suspender esta publicación, pues allí podremos ir donde deseemos sin humillaciones”.
Green no pudo ver este momento, pues murió en 1960, seis años antes de que la guía dejara de publicarse. No obstante, sus palabras todavía sirven a muchos para seguir en la procura de una existencia más justa.

martes, 27 de noviembre de 2018

"Reinas de Cine" - Josep M. Colomer

Artículo publicado en La Vanguardia (27-11-2018)

Películas y series como ‘La reina’ o ‘The crown’ se 

han ocupado de reflejar las relaciones entre corona 

y gobierno, no siempre tan plácidas como se podría 

suponer.


Además de la española, hay un par de docenas de monarquías parlamentarias en el mundo, la mitad de las cuales son miembros de la Commonwealth británica. El constitucionalista británico Walter Bagehot sostuvo que el secreto eficiente de un régimen parlamentario es la cooperación entre el primer ministro y el parlamento. Cuatro películas recientes sugieren que hay otro secreto eficiente en las monarquías parlamentarias: la cooperación entre el primer ministro y el rey o la reina, que oficialmente es quien asiente, sanciona o promulga las leyes, designa al primer ministro y puede disolver el parlamento y convocar nuevas elecciones, como en España. La dinámica de tensión y cooperación entre las dos instituciones es un tema recurrente.

En El discurso del rey (Tom Hooper, 2010), el arzobispo de Canterbury, que está encargado de organizar la coronación de Jorge VI en 1937, le advierte que “la función de Su Majestad es consultar y ser asesorado”, y como el próximo Rey quiere añadir a su profesor de corrección del habla a la lista de invitados, le indica: “En esto no consultó, pero acaba de ser aconsejado” (de no hacerlo). Sin embargo, la respuesta real difiere: “Ahora le aconsejo yo. En este asunto personal, tomaré mi propia decisión”. Este diálogo esboza las tensas relaciones de consulta y asesoramiento mutuo que pueden fomentar diversas formas de cooperación interinstitucional.


El mismo Jorge VI es personificado en The crown (2016), la serie de televisión de Netflix con excelentes guión, director, actores y reproducción de los palacios y edificios originales. El Rey, yendo directamente al grano, comunica a uno de sus ministros, a la inversa que en el episodio que acaba de referirse, que “como soberano, tengo el derecho de ser consultado, de alentar, de advertir”.
Algunos años después, en la misma serie, la hija y sucesora de Jorge VI, Isabel II, es enseñada por su tutor, precisamente refiriéndose a Bagehot, que “las dos instituciones, la corona y el gobierno, la digna y la eficiente [respectivamente], sólo funcionan cuando se apoyan mutuamente. Cuando cada una confía en la otra”.
Otra versión ficticia de Isabel, supuestamente más de cincuenta años más tarde, aparece en la película La reina (Stephen Frears, 2006). En el primer encuentro de la Reina con una versión ficticia del primer ministro Tony Blair, ella advierte que es su “responsabilidad constitucional aconsejar, guiar, y advertir al gobierno del momento”. Más adelante, comenta: “Recuerde, Primer Ministro, soy yo la que le aconseja a usted.” Blair había aconsejado a la Reina sobre cómo lidiar con la crisis de opinión pública desencadenada por la muerte de la Princesa Diana, pero se disculpa “en caso de que pueda sentirse maltratada o manejada de alguna manera”. Al final, el ficticio Blair elige apoyar a la Reina porque se da cuenta de que sobreviven juntos y que, si ella cae, caen juntos.
Consultar y ser consultado, asesorar y ser asesorado, de eso trata el juego entre la corona y el primer ministro. Sin embargo, el contenido preciso de estas interacciones es bastante ambiguo. Para algunos, puede significar que la corona no debe hacer nada; para otros, que puede tener un papel activo en asegurar la gobernación del país.

Lo primero es el consejo de la viuda de Jorge VI, la Reina Madre María, a Isabel en The crown: “No hacer nada es el trabajo más difícil de todos. Y tomará cada onza de energía que tengas. Ser imparcial no es natural, no es humano. La gente siempre querrá que sonrías o que estés de acuerdo o que frunzas el ceño. Y en el momento en que lo hagas, habrás declarado una posición. Un punto de vista. Y esa es la única cosa que como soberana no tienes derecho a hacer. Cuanto menos hagas, menos digas o concedas o sonrías...”.
Isabel: “¿O piense? ¿O sienta? ¿O respire? ¿O exista?”.
Reina María: “...Mejor”.
En contraste, el consejo de ser más influyente aparece visiblemente en momentos de crisis. Cuando el primer ministro Winston Churchill exhibe su fragilidad como consecuencia de su avanzada edad y sus múltiples enfermedades, el abdicado rey Eduardo VIII da su opinión a su sobrina, la reina Isabel:
“Como Reina, tienes el derecho de ser consultada. El derecho de alentar. El derecho a advertir. Asimismo, a nombrar un nuevo primer ministro en caso de incapa­cidad y muchos dicen que el comportamiento de Churchill ahora constituye incapacidad. Te han pedido tu ayuda y tu influencia”.
Sin embargo, la Reina teme que esto violaría la constitución y anuncia:
“No puedo hacerlo. No lo haré”.
Su tutor está bastante de acuerdo con el exmiembro de la Casa ­Real:
“De memoria, y perdóneme, Señora, porque hace tiempo que no leo a Bagehot, pero en circunstancias como estas, ¿no es también su deber actuar?”.
Y lo que es más importante, el secretario privado de Jorge VI y de su hija le sugiere que, en contraste con la negativa de su padre a nombrar un nuevo primer ministro sin una elección, ella podría intervenir cuando se enfrenta a “una situación diferente, [y es] una soberana diferente”. Entonces, la Reina advierte a Churchill que, aunque no es su trabajo gobernar, sí lo es “asegurar una gobernanza apropiada”. En otras palabras, implícitamente cambia el énfasis del proverbio habitual: la Reina no gobierna, pero reina. Aunque la serie de televisión no es explícita al respecto, el verdadero secretario privado Tommy Lascelles introdujo el principio de que la Reina podría rechazar la propuesta de un primer ministro de convocar una nueva elección si pudiera “confiar en encontrar otro primer ministro que pudiera gobernar durante un periodo razonable con una mayoría viable en la Cámara de los Comunes”. De hecho, la reina Isabel usó abiertamente este poder dos veces, en 1957 y 1963, cuando dos primeros ministros renunciaron por razones de salud, y ella seleccionó, cada vez, a su candidato preferido entre varios del mismo partido. Será interesante ver cómo se tratan estos eventos en otros episodios de la serie.
En tiempos más recientes, el principio de Lascelles ha perdido relevancia. En primer lugar, porque en el 2011 el Parlamento Británico aprobó una ley de plazo fijo que limita el derecho a convocar una elección anticipada. En segundo lugar, porque si un primer ministro renunciara por razones de salud, accidente u otras, cada uno de los dos principales partidos políticos probablemente sería ahora más ­capaz de seleccionar a su candidato que en algunos períodos del pa­sado.
Aparecen problemas similares en la interesante película Majesteit (Peter de Baan, 2010). Una versión ficticia de la reina Beatriz de Holanda va a leer ante el Parlamento el Discurso del Trono anual apoyado por el gabinete, en el cual se anuncian los planes del Gobierno para el año parlamentario. En el último momento, la Reina quiere introducir un par de cambios en el texto previamente acordado. Rechaza la declaración del Gobierno de que su “política de integración” de los inmigrantes haya sido “un éxito”, ya que se queja de la deportación de solicitantes de asilo. El primer ministro, una versión ficticia de Jan Peter Balkenende, gesticula que él ha podido convencer al Gobierno de que permita las palabras de la Reina sobre una “sociedad multirreligiosa”. Pero rechaza otra enmienda que tendría un ­impacto sustantivo en las políticas públicas y el presupuesto: comprometer a varios departamentos ministeriales en apoyar recursos “para ayudar al continente de África”, incluidas medidas explícitas para aliviar el hambre y la enfermedad y la cancelación de restricciones ­comerciales desventajosas para África.
El primer ministro presenta una firme oposición y advierte sobre las relaciones institucionales:
“Majestad, se le permite que haga aportaciones al Discurso del Trono. Pero usted no puede determinar su contenido... Usted tiene que cumplir.”
El tono sube de nivel cuando amenaza a Su Majestad con leer el discurso él mismo. Y entonces el primer ­ministro resume crudamente el lugar institucional de la corona en el régimen parlamentario del país:
“Majestad, Holanda no le pertenece. Formalmente, usted es parte del gobierno, pero no tiene responsabilidades. Su posición no le permite hacer demandas. Usted tiene la libertad de ofrecer consejos. Como cualquier otro ciudadano. Todo lo que dice son palabras de otra persona. Todo lo que dice y hace... lo hace y dice en nombre del gobierno.”
Como la Reina no se rinde, el primer ministro diagnostica: “Majestad... esto significa el fin de su reinado”.
Pocas horas después, la versión ficticia de la Reina Beatriz cumple y lee el texto del Gobierno al Parlamento. De lo contrario, tanto la Corona como el Gobierno podrían haber caído. Cuando el hijo de la Reina (y pronto sucesor), Guillermo-Alejandro, le reprocha haberse sometido, ella le informa: “Si no dices lo que el primer ministro quiere, estás fuera”.
Guillermo-Alejandro responde: “Tu recitarías el listín telefónico si el Gobierno te lo pidiera.”
“Por supuesto que lo haría”, confirma ella.
Josep M. Colomer es autor del libro España: la historia de una frustración (Anagrama). Este artículo está adaptado de su contribución al libro colectivo ‘ La política es de cine’ (comp. Manuel Alcántara y Santiago Mariani, Tecnos, 2018)