jueves, 9 de marzo de 2017

Reseña de David Carrión en Athenea Digital

Publicado en Athenea Digital, Vol. 17, Número 1 (2017)  

Fuente: file:///C:/Users/Santiago%20Mariani/Downloads/1916-7886-4-PB.pdf

Hoy en día existen una serie de libros que intentan, bajo la honorable égida de enseñar divirtiendo, resultar interesantes a los alumnos que cada vez pueblan menos nuestras aulas universitarias. Es evidente que el alumno actual, dada la terrible incertidumbre económica que se ha instalado hace algunos años en nuestras sociedades, ya no viene tan motivado como antaño pues piensa, no sin razón, que el acabar una titulación universitaria con brillantez, y el escribir y hablar con fluidez el inglés, no significa tener asegurado un buen futuro profesional. Por ello, hoy más que nunca es necesario que el profesor motive al alumno, y una forma inmejorable de lograrlo es intentar comentar conceptos importantes de su asignatura vinculándolos a alguna de las aficiones de sus estudiantes. Parece, en ese sentido, que el cine sería el instrumento idóneo para ello.

Manuel Alcántara y Santiago Mariani han coordinado una obra coral, en la que los autores que firman sus capítulos reflexionan sobre el cine y la política con la férrea convicción de que el cine, como arte por antonomasia del siglo XX, es un mecanismo imprescindible para comprender en profundidad la política. Los coordinadores han dado plena libertad a los autores sobre el contenido de sus capítulos, limitándose a homogeneizar la forma de los mismos. Es de agradecer, en cuanto a este aspecto formal, que en este libro se hayan incluido solamente las notas bibliográficas necesarias y a pie de página además, lo que facilita y agiliza, en gran medida, la lectura, frente a esa costumbre extendida en no pocas editoriales de llevar las notas bibliográficas al final del libro, a pesar de que dificulten y, en no pocos casos, disuadan de su lectura. 

Quizá un aspecto no muy positivo para algunos lectores en esta obra notable, interesante y amena es que, a causa de esa libertad temática, no existe un auténtico hilo conductor a lo largo del libro, más allá de la reflexión política enmarcada en alguna obra cinematográfica, pero que queda salpicada de conceptos, ideas y reflexionas dispersas: a saber, y sin ánimo de ser exhaustivo, hay algún capítulo, por ejemplo, dedicado a la obra cinematográfica de un director de cine —Complejidad, subjetividad y poder en el cine de Stanley Kubrick (Alcántara, 2016)—, también es posible encontrar algún capítulo que desgrana el tratamiento cinematográfico que ha recibido la figura de un pensador político —Maquiavelo en el cine. Mito y distorsión de la imagen del poder (Barrientos, 2016)—, otros capítulos están dedicados a películas específicas —Marea Roja y los límites del poder ejecutivo (Cameron, 2016)— o bien a conceptos políticos determinados —Partidos políticos y selección de candidatos: una visita cinematográfica (Luca, 2016) —. Los coordinadores del libro, probablemente conscientes de esta ligera falta de cohesión, han insertado los capítulos de los autores, en función de su contenido, en alguno de los tres ejes temáticos que forman parte de él. La primera parte del texto, o primer eje temático, se denomina, sencillamente, El poder. Uno de sus capítulos más destacados es el titulado 

Los políticos y sus entornos desde el cine (Ames, 2016). En él se analizan tres películas estrenadas en el siglo XXI: El ejercicio del poder —sobre una situación límite que vive un ministro de un gobierno—, Il divo —una biografía de Giulio Andreotti— y Presidente Miterrand. El paseante del Campo de Marte. Las dos primeras películas mencionadas son las más interesantes, en cuanto son más críticas con la política. De hecho, Andreotti queda señalado, por su propio personaje, como un digno modelo de la obra más célebre de Nicolás Maquiavelo (1961), al afirmar refiriéndose a la acción de gobierno, sin pudor alguno, que “hay que saber usar el estiércol porque hace falta para que la vegetación florezca” (p. 41). Esta afirmación constituye una prueba irrefutable de que consideraba, como el autor florentino, que la ética es un obstáculo en el ámbito político (Ritter, 1972).

El ejercicio del poder, escrita y dirigida por Pierre Schoeller, se antoja como una de las reflexiones cinematográficas más importantes sobre la crisis política actual. En ella se puede observar el imparable distanciamiento entre la política y la opinión pública, con un papel muy cuestionable de los medios de comunicación. El deterioro de las relaciones entre los políticos y la sociedad parece irreparable y la película, sin ninguna anestesia, nos permite observar no solo la mediocridad de la clase política de nuestros tiempos sino también, y, sobre todo, el papel nuevo que desempeñan los periodistas, que ya no informan sino, como si fueran el fiscal del pueblo, acusan ante la indiferencia de la mayoría de ciudadanos, que prefieren centrarse en la búsqueda de su confort y entretenimiento. Los gobiernos actuales, no sabemos si en respuesta a ese cambio social, tratan de ganarse a los medios de comunicación y a los ciudadanos diciendo lo que guste de inmediato a su público, en una clara banalización de la política (Lipovetsky, 1986/1990). 

La segunda parte del libro, o segundo eje temático, se denomina La construcción de lo político: Estado, nación y partidos políticos. En él se puede leer otro capítulo de mucha altura y creciente interés titulado El cine y la visión cínica de las campañas electorales (D’Alessandro, 2016). Muchas son las películas mencionadas por él, ya que el cine se ha ocupado con generosidad de las campañas políticas al representar, como el propio autor destaca, “una de las dimensiones de la política en la que los cambios de época se advierten más claramente” (p. 119). En general, lo que ha ocurrido a lo largo del siglo XX y comienzos del XXI sería una absoluta profesionalización de las campañas políticas, que usarían las llamadas por Farrell (1996), como señala el propio texto, “tres t” —tecnología, tecnócratas y técnicas—, con lo que los asesores del candidato se vuelven más importantes incluso que su propio partido político y las campañas políticas cada vez resultan más caras. Una película relativamente reciente, Los idus de marzo, dirigida por George Clooney, ilustra con una buena dosis de crudeza y cinismo estos extremos. 

La tercera parte, o tercer eje temático del libro, se titula, casi lapidariamente, La negación de la democracia. El capítulo Dictaduras, ridiculez y tragedia (Serrafero, 2016) sirve, por un lado, como una poderosa ilustración de lo mejor que se puede encontrar en esta última parte, pero también tendría valor intrínseco suficiente, por otro lado, no solo para concluir esta obra, sino para apuntar algunas de las incertidumbres políticas del futuro. De hecho, entre otras películas importantes sobre autocracias o regímenes no democráticos, el autor se va a centrar en el análisis de una de las obras cinematográficas más inquietantes, en sentido político, de este siglo: La ola. Aunque se trate de una ficción, está basada en un experimento realizado por Ron Jones, profesor de historia en un instituto de Palo Alto, en 1967. 

En realidad, La ola, dirigida por Dennis Gansel, describe la manera en que un profesor decide dejar de lado la teoría para plantear un curso sobre autocracia como una auténtica experiencia para sus alumnos, consiguiendo demostrar, al final del mismo, cómo el ser humano está vinculado a la dominación y el sometimiento (Watson, 2002) y cómo valores que creemos consolidados en nuestras sociedades, como la libertad, la igualdad o los derechos individuales, pueden deteriorarse hasta llegar a desaparecer inclusive. El experimento de este profesor termina de manera trágica al aplicarlo sus estudiantes, transformados en otras personas, fuera de las aulas. Lo más terrorífico que nos deja este capítulo y este apreciable libro por extensión, recomendable especialmente para todos aquellos estudiantes y ciudadanos, en general, preocupados por elfuturo, es que podemos estar condenados a repetir experiencias dictatoriales. En palabras del propio autor: “A la vuelta de la esquina estará esperando, siempre, la tentación autoritaria-totalitaria que suele vestir distintos ropajes y resalta los fallos de la democracia” (p. 273). 

lunes, 5 de diciembre de 2016

Reseña de Inma Almagro en Estudios de Política Exterior - Diciembre 2016

"¿Qué es la política? ¿Y el arte? ¿Existe el arte de la política? ¿Hay política en el arte? Probablemente nos encontramos ante dos de los términos más difíciles de concretar, y cuya definición genera bastante confusión. Según Simon Brainsky, “la obra de arte es un fenómeno multideterminado y ninguna disciplina puede capturarlo en el esplendor de su totalidad […]. Sus hallazgos se pueden complementar con las otras disciplinas humanísticas, teniendo siempre presente que […] hay, afortunadamente, un misterio inefable cuya naturaleza no puede ser nunca aprehendida del todo”.
En La política va al cine encontramos una serie de ensayos (18 en total) que reflejan el matrimonio cultural entre el séptimo arte y la ciencia política. Manuel Alcántara y Santiago Mariani, maestro y discípulo, “unidos ambos desde un principio por ese lazo tan especial que se crea en el contexto de una clase universitaria donde el ilustre profesor y el alumno deslumbrado forjan posteriormente una noble y cabal amistad”, según sus propias palabras, reúnen a veinte autores que profundizan sobre la influencia del cine en la política, y viceversa. Alcántara es catedrático de la Universidad de Salamanca y sus principales líneas de investigación giran en torno al estudio de las elites parlamentarias, los partidos políticos y los poderes legislativos en América Latina. Mariani, por su parte, es un politólogo argentino afincado en Perú, licenciado en Relaciones Internacionales en la Universidad del Salvador-Argentina y experto asociado del PNUD.
La publicación cuenta con colaboraciones inéditas de expertos en el campo de la ciencia política, y que contemplan el cine como un complemento ideal para esta disciplina. Autores europeos como Leonardo Morlino, Dieter Nohlen, Gianfranco Pasquino y Enrique San Miguel conviven con autores americanos como Rolando Ames, Maxwell Cameron, Martín d’Alessandro, Paula Muñoz, Simón Pachano, Mario Serrafero, Martín Tanaka y Jesús Tovar, entre otros. Predominan los politólogos latinoamericanos.
Según Mariani, dieron “mucha libertad y de acuerdo a los trabajos recibidos decidimos dividir el libro en dos columnas: las formas de gobierno que niegan a la democracia […] y las formas de gobierno que buscan construir una democracia”. Sin encontrar un parámetro ordenador concreto entre todos los ensayos, ya que cada uno está escrito desde una enfoque personal y autodidacta, todos proponen el cine como recurso investigativo para abordar problemas y conflictos. De Kubrick a Batman, pasando por figuras como Nelson Mandela, Hannah Arendt o Maquiavelo, todos contribuyen a este original análisis.
Medio de entretenimiento popular por excelencia en el siglo XX, feliz unión del arte y la industria, el cine es un elemento clave de la cultura de masas y, por tanto, de la política de masas. Como apunta Kiko Llaneras, el cine y la política se unen por intención y accidente. El cine influye en las ideas, y en los ideales, de la población, por ello, según las épocas o los propósitos, se impregna de unas tendencias u otras. Detrás de ese deseo no hay por qué buscar ninguna confabulación o artimaña, simplemente sucede, de manera natural.
Heisenberg decía que “la medida se ve perturbada (o modificada) por el mismo proceso de observación”. Cada director, guionista, incluso cada actor, plantea una propuesta con el fin de transmitir un mensaje, sea político o banal. El cine y el arte en general están llenos de cosas que nadie puso ahí, pero que surgen a modo espejos del mundo, de la sociedad y de nosotros mismos. De esta forma, brotan las sombras, las tinieblas y la oscuridad, pero también la luz y la claridad. Nos proyectamos en el cine, al igual que las pantallas nos proyectan, y esto, inevitablemente, permanece y nos trasciende."

Reseña de la obra en la revista Dirigido - Septiembre 2016, número 469

"Un aliento teórico, pero también pedagógico, recorre las disquisiciones de los veinte politólogos convocados para analizar, comprender las imágenes, es decir, cómo el cine es capaz de expresar ideas o tesis políticas. La política va al cine y el cine busca hacer política. Este doble enlace abre las posibilidades de reflexión, planteadas a partir del hilo conductor de un film, un director, un tema...englobadas en tres grandes bloques: El Poder; La construcción de la política: Estado, nación y partidos políticos; y La negación de la democracia. Los enfoques, estilos, metodologías son tan dispares como los contenidos abordados: de la consolidación de la democracia en Italia a través de Una vida difícil, al heroísmo y la villanía de Batman en la trilogía de C. Nolan." R.F.


Reseña de la obra en la revista Leer - Septiembre 2016, número 275

"Un excelente volumen de ensayos sobre la política vista desde el cine, un asunto atractivo y muy sugerente, emprendido por dieciocho pensadores de ocho países.

Los trabajos, que fueron coordinados desde las dos orillas del Atlántico por quienes firman el libro, abarcan todos los temas de la política teórica y práctica, agrupados en los tres siguientes apartados: el poder, la construcción de los político: Estado, Nación y Partidos Políticos; y la negación de la Democracia. La contribución de los politólogos y los cineastas se complementan, sin guión previo. Cada uno eligió sus películas preferidas o su particular visión y luego se esforzaron por presentar de modo didáctico las relaciones entre estos filmes y los temas políticos acotados.

En total, ciento diecisiete cintas de la filmografía mundial con una ficha técnica muy precisa incluida al final que, con la bibliografía de cada capítulo, ofrece un material más que interesante para cualquier curso teórico. Aunque sólo fuera por ese esfuerzo ingente, el libro ya merece la más calurosa recomendación. Será con el tiempo un fetiche imprescindible."

lunes, 21 de marzo de 2016

"La política va al cine" - entrevista de José Miguel en El Comercio

Fuente: https://elcomercio.pe/blog/librosami/2015/03/la-politica-va-al-cine/

Son cientos las películas que han intentado mostrar a su manera un hecho político de relevancia. Sin embargo, pocas lograron su cometido con tal éxito que permanecen en el recuerdo de los fanáticos del séptimo arte.
Conversamos con Santiago Mariani, politólogo argentino y coeditor de La política va al cine (Universidad del Pacífico, 2014), un libro que reúne 18 ensayos que desmenuzan más de un centenar de películas bajo una visión política y social.
La publicación es altamente recomendable porque constituye un gran esfuerzo por vincular de forma académica al cine con la política y viceversa.
Aquellos que disfrutan ver buenos trabajos cinematográficos encontrarán en esta publicación una interesante lista de películas que rescatan esa esencia política que todos llevamos dentro.
-¿Cómo surgió la idea de publicar La política va al cine?Coincidieron varios hechos. Primero, el desafío de poder utilizar las películas como una herramienta que sirva para explicar los fenómenos de la política. En ese sentido, tanto Manuel Alcántara como yo, que somos los editores, veníamos conversando hace tiempo de las películas que nos gustaban y que usamos en nuestras clases de ciencia política. Mientras conversábamos del tema, Cecilia O’Neill, flamante vice decana de Derecho de la Universidad del Pacífico, publicó como editora un libro llamado El derecho va al cine. Ella me dijo una vez: “¿Y por qué no hace algo vinculado a la política?”. Eso fue el puntapié que le faltaba a esto para nuclear a una serie de politólogos y hacer posible este libro.
-¿Hubo algún parámetro común para agrupar las más de 100 películas de las que se habla en el libro?Hay algunas analizadas con mayor profundidad que otras. En realidad, en la invitación que hicimos los editores a quienes contribuyeron con los artículos no hubo un criterio ordenador. Lo que propusimos es que hicieran un análisis sobre un director, una película o varios filmes vinculados a temas de ciencia política. Dimos mucha libertad y de acuerdo a los trabajos recibidos decidimos dividir el libro en dos columnas: las formas de gobierno que niegan a la democracia, es decir, las autoritarias o en su forma más extrema las totalitarias; y las formas de gobierno que buscan construir una democracia.
-Si quienes practican la política son un grupo reducido de integrantes de la sociedad, ¿de qué forma el cine ha ayudado a transparentar o mostrar la práctica de la política?Algo muy interesante que deja el cine es cómo el ejercicio del poder en muchos casos y de manera predominante a lo largo de la historia, o por lo menos en el siglo XX, ha sido un ejercicio en donde el fin último que se buscaba no era aumentar el bienestar de los ciudadanos, sino hacerse de este y tenerlo como ‘el poder por el poder mismo’. En el cine se puede ver claramente este uso abusivo del poder, pero también se aprecia una preocupación constante en las sociedades por intentar que este poder esté sujeto a reglas, que sea ejercido de manera responsables y que se rinda cuenta sobre dicho ejercicio. Creo que el cine ha sido un escenario en el cual quienes gustan de este arte puedan ver y reflexionar sobre estas cuestiones, contribuyendo así a fortalecer el debate.
-¿Por qué decidió escribir su capítulo sobre Nelson Mandela en el cine?Creo que en el siglo XX hubo muchos políticos que destacaron y que prestaron un gran servicio a sus ciudadanos pero si tuviera que elegir al político más contundente, quien realizó una obra muy importante para su comunidad, diría que fue Nelson Mandela. Esto por las mismas circunstancias difíciles personales que él y su país atravesaron y cómo pudo (Mandela), a partir de la experiencia personal que vive, transformar esto de forma positiva, posibilitando una forma de gobierno democrático en Sudáfrica.
-Su ensayo inicia con una referencia al término ‘Nación’ que utiliza Benedict Anderson. Se trata de un concepto que hoy quizás sería imposible usar en varios países de Latinoamérica.Soy argentino y vivo en Perú hace cinco años y al llegar aquí algo que me sorprendió mucho fue la distancia entre las clases sociales y la poca integración que todavía existe como parte de un legado histórico. El racismo sigue siendo un elemento disgregador de esta sociedad, por lo tanto, al escribir sobre la idea de nación en Sudáfrica, y el ejemplo de cómo Nelson Mandela y Frederik Willem De Klerk (ex presidente sudafricano) intentan construir una nación como una ‘comunidad imaginada centrada en la fraternidad entre sus seres humanos’, me parecía también muy importante como mensaje para reflexionar sobre la situación de América Latina y especialmente sobre el Perú, un país donde de forma muy aguda se ve la distancia que existe entre algunos ciudadanos que se sienten en un nivel de superioridad frente a otros, negándoles así derechos muy básicos.
-¿Hubiera sido posible una reconciliación como la que hubo en Sudáfrica sin un personaje tan increíblemente benevolente como Nelson Mandela?Es indudable que Mandela es el gran hombre que lleva adelante este proceso, el que decide por su propia historia y por la autoridad moral con la que cuenta, llevar adelante un proceso en el cual se intenta construir una reconciliación a partir de un sincero perdón, acompañado obviamente primero de un arrepentimiento, en este caso de los blancos por haber liderado un proceso de exclusión sobre la mayoría negra. Sin embargo, en mi texto incluyo también a De Klerk, el cual juega un papel muy importante. Creo que por esto el comité del Nobel les entrega a ambos el premio Nobel de la Paz porque son ambos, en una especie de sociedad de mutua necesidad, los que se percatan de que tienen que hallar una solución al conflicto existente entonces como consecuencia del Apartheid. Ambos juegan un papel vital y no hubiera sido posible todo esto sin Mandela pero tampoco sin De Klerk, y en última instancia sin sectores de una ciudadanía que hayan decidido acompañar este camino propuesto por ambos líderes.
-Las películas que incluye su análisis (Adiós Bafana, Invictus y Mandela del mito al hombre) explotan mucho el ámbito más personal de Nelson Mandela. ¿Ayuda esta estrategia a acercar un tema como el fin del Apartheid a un público que en un primer momento podría mostrarse desinteresado por temas históricos?Un político para gobernar tiene que estar cubierto de cierta legitimidad y esta debe estar acompañada de un ejercicio de la autoridad para tomar decisiones. La política se vale de recursos para, de alguna manera, fortalecer esa legitimidad, y para ello lo que hace es destacar ciertos atributos de la personalidad del político que nos hacen pensar que estamos en manos de personas que son especiales y entonces eso nos convence de que tenemos que seguir y acatar sus decisiones. Ahora, esa necesidad de destacar esos atributos alejan el costado más humano de toda figura política y justamente lo que Mandela muestra, y en las películas se destaca, es este costado más humano en donde, por ejemplo, en su experiencia personal puede hacer un viaje de profunda reconversión y de profunda introspección, y al cabo del mismo percatarse de que la política está llamada a servir a otros seres humanos y a mejorar su calidad de vida. Para eso se precisa de un profundo humanismo. Creo que por eso Mandela llega  a ser el político más importante del siglo XX. Se trata de un hombre con valores profundamente humanos y las películas destacan la empatía que logra desarrollar. Eso no lo convierte en una persona ingenua, sino más bien en un personaje que logró combinar muy bien en la política lo que Macchiavello llama ‘La astucia del zorro y la fuerza del león’.
-En el ensayo de Paula Muñoz se habla de tres formas de gobierno distintas en la América Latina del siglo pasado: las juntas militares en Brasil, el PRI  de Méxicoy el sultanismo de Rafael Leonidas Trujillo en República Dominicana. ¿Estos escenarios son completamente parte del pasado o existen condiciones para creer que se repitan en la actualidad en nuestra región?En las últimas tres décadas la nota más relevante en nuestros países  es que la democracia electoral se ha afianzado. Sería casi inconcebible pensar  que el acceso al poder se realice de una forma que no sea a través de un proceso electoral. Eso ha inaugurado una nueva era en la política latinoamericana. Es la primera vez que en tantos países y durante tanto tiempo el acceso al poder se da a través de consultas a los ciudadanos. Ahora, esto no significa que nuestras sociedades sean democráticas o que vivamos en democracia plena. Falta que la democracia realice tareas que la ciudadanía está demandando. Donde más se ve esto es en el plano social. Si bien se ha reducido niveles de pobreza y desigualdad, aún hay mucho por hacer y por esto vemos ciudadanos descontentos. Ellos esperan más, se dan cuenta que la democracia no es solo un ejercicio electoral para elegir autoridad, sino que estas deben estar al servicio de las grandes mayorías.
-¿Le parece que el cine es una industria elitista?Creo que el cine ha ido evolucionando y es un arte que se ha ido popularizando y llegando a las masas, ya sea porque las sociedades han ido mejorando en su acceso al consumo y han podido llegar al cine y porque la revolución en los medios de comunicación ha permitido cada vez mayor acceso al cine. Por ejemplo, para ver una película hoy no es necesario tener que ir a una sala de cine y tener que pagar una entrada. Si uno tiene acceso a Internet puede encontrar portales con servicios que ofrecen películas. Las mismas universidades que ofrecen ciclos de cine o los centros culturales. Hay un esfuerzo por hacer popular esto que para mí es el gran arte del siglo XX.
-Otro interesante ensayo del libro es el escrito por Carlos J. Zelada sobre la película Contracorriente. El texto describe y analiza la forma en cómo algunos deben vivir escondiendo su homosexualidad. Se trata de un tema muy actual. La función del cine también es mostrar la realidad de estas minorías que carecen de ciertos derechos…En el Perú todavía hay personas que no gozan plenamente de los derechos escritos en la Constitución. En el caso de las minorías sexuales es un tema muy vigente. El Parlamento acaba de archivar el proyecto de la unión civil. Considero que el cine es una herramienta para poner de manifiesto lo que una minoría, en este caso la comunidad de homosexuales o lesbianas, sufre al no tener reconocidos sus derechos. El cine es un canal que permite mostrar esta realidad de una manera un poco más directa. Asimismo, pone de manifiesto las materias pendientes que hay en el Perú con minorías que están sufriendo una discriminación en su orientación.
-Quisiera ensayar una comparación. Contracorriente recibió muy buenas críticas y ganó varios premios afuera, pero no tuvo una acogida multitudinaria en los cines peruanos. La Unión Civil existe en varios países de la región pero aquí más del 70% la rechaza según las encuestas. ¿Por qué crees que ocurre esto?A lo largo de las últimas tres décadas, a medida que las democracias electorales se han ido consolidando, la búsqueda de la igualdad de derechos ha ido avanzando a la par. Es decir, la democracia es un sistema que busca la posibilidad de que entre personas que viven en una comunidad se reconozcan como iguales y tengan la misma posibilidad de realizar su vida sin ningún tipo de discriminación. Me parece que aquí (en Perú) hay una combinación de varias cuestiones. Primero, la debilidad de la sociedad civil realizada para presionar y hacer valer sus demandas y que estas se traduzcan en cambios. En segundo lugar, probablemente por la falta de un debate más alturado sobre estas cuestiones y ahí quizás tienen algo de responsabilidad los medios de comunicación. La posibilidad de otorgar mayor importancia y amplitud y al debate público de estos temas. De la misma forma, es importante decir que la clase política se ha dejado llevar más por lo que las encuestas dicen y no por lo que la Constitución manda. Hay una cuestión más del tipo coyuntural y de cálculo electoral acerca de estos temas.
-Finalmente, sobre el artículo de Martín D’Alessandro, relacionado a las campañas políticas graficadas a través del cine. ¿Qué ha cambiado en la sociedad para que, con el paso del tiempo, las campañas se hayan hecho cada vez más preponderantes?Creo que lo que ha ido cambiando es que los medios de comunicación juegan cada vez un papel más decisivo en una campaña electoral. Por lo tanto, para poder llegar con éxito a la ciudadanía a través de los medios se requiere del apoyo de gente experta que conozca la dinámica de los medios y cómo se puede utilizar de una mejor manera las distintas herramientas a disposición: encuestas, grupos focales, etc. Las campañas se han ido profesionalizando más y han ido requiriendo de técnicas y de técnicos.  Ya no basta con un político que esté en la plaza hablándoles a los ciudadanos. Este debe llegar a todos, lo cual representa un desafío mayor porque las campañas necesitan cada vez mayores recursos para lograr éxito. Y como demandan más recursos, la política se ve sometida a una tensión entre la necesidad de tener recursos y la posibilidad de asumir ciertos compromisos complicados con grupos que los poseen. Por esto la política se ve envuelta en conflictos de interés. Los que tienen recursos son personas que les darán a los políticos en campaña para luego tener cierta influencia en las decisiones que desde el poder se tomarán.
-¿Cuál es la alternativa a esto?Buscar paliativos. Por ejemplo, el Estado debería financiar a los partidos con fondos públicos y obviamente se tendría que rendir cuentas de los mismos. También, el Estado debería regular la posibilidad de igualar el acceso a la publicidad para que todos los partidos políticos tengan los mismos espacios y que no dependan únicamente del mercado. Son varios los esfuerzos que pueden realizarse para evitar que esta dinámica de las campañas electorales no termine viciando de entrada a la política. Hay una relación compleja a analizar. Son varias las materias pendientes.