domingo, 10 de noviembre de 2019

El legado histórico de Velasco Alvarado - por Fernando Villarán (RPP)

Artículo publicado en RPP el 18 de octubre de 2019

Fuente: https://rpp.pe/columnistas/fernandogonzalovillarandelapuente/el-legado-historico-de-velasco-alvarado-noticia-1225145

Un documental sobre la reforma agraria nos propone una narrativa distinta a la que prevaleció después del gobierno de Fujimori promovida por la derecha política. Pensaron que sería un fracaso, pero ha sido bien recibido por la crítica y el público.
Tuvieron que pasar cincuenta años desde que el general Juan Velasco Alvarado promulgara la Ley de reforma agraria; tuvo que producirse un documental, “La revolución y la tierra”, dirigido por un joven cineasta, Gonzalo Benavente (que no había nacido cuando se desató este proceso), para que finalmente pudiéramos reconciliarnos con su verdadero y profundo legado.
La narrativa que ha prevalecido en estos años, especialmente después del gobierno de Fujimori, es que la reforma agraria fue un desastre económico que, en lugar de traer progreso y liberación a los campesinos, los condenó a una mayor pobreza. Que representó un violento despojo de tierras e instalaciones propiedad de empresarios agrarios que no recibieron nada a cambio. Que convirtió la colectivización de las empresas agrarias en cooperativas y empresas sociales, y que esto fue un fracaso, reduciendo la producción de alimentos, azúcar, algodón y otros productos agrícolas y pecuarios.
Todo ello realizado por una dictadura militar que cerró el Congreso, expropió los medios de comunicación, acabando con la libertad de expresión, y deportó a los enemigos políticos del gobierno. Un balance general catastrófico, responsabilidad del peor gobierno de la historia nacional.
La situación que presenta la película es otra. Antes de la reforma agraria de Velasco, tres millones de campesinos vivían en condiciones de servidumbre, trabajando gratuitamente para los hacendados, los gamonales, sobre todo en la sierra del país. No eran ciudadanos, no tenían derechos, vivían en condiciones infrahumanas. Estas relaciones sociales fueron una herencia de la colonia, que los sucesivos gobiernos republicanos no habían logrado erradicar. En los cincuentas, los andes eran un auténtico polvorín, que podía estallar con el ejemplo de la revolución cubana de 1959. Así lo entendió John Kennedy que propuso la Alianza para el Progreso a todos los países de América Latina, en 1962, y cuya primera propuesta era la reforma agraria. Bajo esta impronta, Fernando Belaúnde salió elegido en 1963, con el apoyo de los militares, prometiendo una reforma agraria radical. No la hizo, y las tensiones en el campo se dispararon, incluyendo brotes guerrilleros como los del MIR con Luis De la Puente y el MLN de Heraud.
Velasco Alvarado, un mestizo de Piura, con sangre india y china, se atrevió a realizar una reforma agraria radical, a quebrarle el espinazo a la oligarquía agraria que dominaba el país, liberando a los millones de campesinos de la servidumbre, convirtiéndolos en ciudadanos. El patrón ya no comerá más de tu pobreza, regresa de un letargo de 50 años, y resuena en los oídos de las personas que van a ver la película.
Con el tiempo, y el repetitivo relato interesado de la derecha política, afincada mayoritariamente en los medios de comunicación, sus errores se magnifican, lo traicionan los propios militares, pierde aliados, la gente lo va abandonando. Cuando parecía que nadie daba un real por él, y para sorpresa de todos, en su entierro se aparece la más grande multitud congregada en Lima.
Ahora sucede lo mismo: cuando todos pensaban que la película sería un fracaso, que no duraría ni una semana, las salas se empiezan a llenar, los asistentes aplauden por varios minutos cuando termina; más cines, en todo el país, comienzan a mostrarla ¿Cuántos de los asistentes son hijos, nietos, bisnietos de los campesinos liberados, que muestran así su agradecimiento a Velasco Alvarado?
El tiempo ha logrado despejar la niebla en torno a Velasco, ha hecho aparecer la esencia de su legado: acabar con la feudalidad en el país, con la servidumbre, con el gamonalismo, con la oligarquía agraria. Una auténtica revolución. Lo dijo Hugo Neira: “si Velasco no hacía la reforma agraria Sendero Luminoso ganaba la guerra interna”. Hoy seríamos Camboya y estaríamos gobernados por Pol Pot.
Felizmente para todos, Velasco hizo la reforma agraria, la mayoría de la población realiza un balance positivo de este proceso, y se lo agradece.


jueves, 29 de agosto de 2019

La Camarista - por Leda Perez (El Comercio)

29.8.2019
Hace unos días, la cineasta Lila Avilés ganó el premio de mejor ópera prima en el Festival de Cine de Lima, organizado por la Pontifica Universidad Católica del Perú (PUCP), por su filme “La camarista”. La película me hizo pensar en la importancia de la mirada de quien relata la historia para contribuir a entendimientos más completos de situaciones complejas. En este largometraje, la narración la dicta una joven camarera de un lujoso hotel de Ciudad de México –Eve–, que lleva al espectador hacia sus quehaceres cotidianos.
Mientras acompañaba a Eve, no podía dejar de pensar en el director Alfonso Cuarón y en su aclamada “Roma”, en la que, pese a presentar a Cleo como una mujer inspiradora y colocarla como el personaje central de la trama, el que narra es Cuarón, con base en sus recuerdos de infancia.
Ambas películas han sido dirigidas por mexicanos, un hombre de mediana edad y una mujer joven. La primera relata una experiencia vivida hace casi 50 años, y la otra nos cuenta una historia mucho más actual. Ambas, sin embargo, centran su mirada en las labores de dos mujeres jóvenes, pobres, no blancas y que trabajan al servicio de otros. En los dos casos se nos presenta a personas cuyas existencias sirven para asegurar la comodidad de otros: Cleo lo hace en una casa llena de niños, quehaceres domésticos y dramas familiares, mientras que Eve se dedica a un hotel colmado de personas provenientes de diversas partes del mundo con necesidades de limpieza, alimentación y, muchas veces, atención personal.


Para Cuarón, situar a Cleo como la protagonista de “Roma” fue una manera de honrar a la niñera que jugó un papel clave en su infancia. Sin embargo, al basarse en su propia experiencia, no alcanzó a registrar los complejos sentimientos que –con seguridad– ella sintió con relación a su papel inferiorizado en la sociedad mexicana. En contraste, Avilés coloca la mirada del espectador en Eve, quien nos muestra directamente –a través de sus ojos y sus sensaciones– un testimonio del constante maltrato que sufre en su trabajo.
Por ejemplo, la película comienza con Eve limpiando una habitación desastrosa en la que encuentra a un huésped dormitando debajo de las colchas. Al descubrirse ambos, él solo le hace una seña con la mano para indicarle que se vaya –tal vez avergonzado de que la joven lo haya encontrado en una situación tan desagradable–. Eve también nos lleva al cuarto del huésped malcriado, que constantemente le pide objetos adicionales (el individuo es una suerte de acaparador de jabones y perfumes de hotel) y que, en lugar de agradecerle por su atención, la mira despectivamente. O al de la señora argentina que espera a su marido empresario en el hotel con su bebe, al que debe amamantar, y que engatusa a la joven Eve para que pase todos los días a encargarse un rato del niño a fin de que pueda ducharse tranquila. En contraposición, Eve aprovecha para ducharse en el hotel antes de salir hacia su lejano domicilio, que no cuenta con agua de caño.
Las escenas con la argentina, sin embargo, son engañosas. La señora es amable, aparentemente horizontal en su trato con Eve, y le paga a esta por su tiempo. Sin embargo, viendo la situación a través de la mirada de Eve, se percibe el abismo entre las dos: una cuenta con los recursos suficientes como para emplear a otra, quien, para salir a trabajar, necesita a su vez dejar a su propio hijo de 4 años a cargo de otra mujer pobre.
Al final, el poder está del otro lado y Eve, como tantas otras en su situación, es solo un instrumento que sirve para el momento. La señora parte luego de sugerirle un posible trabajo en Argentina, y ni siquiera se despide.
Y así prosigue la película, escena tras escena de huéspedes inconscientes —o indiferentes—, así como también compañeros de trabajo depredadores. Para Eve no hay un sitio seguro. Esta es su vida. Y Avilés nos lo muestra sin titubear. Así es para tantas mujeres en servicio domestico o de cuidados: mal remuneradas, marginadas, invisibilizadas, blancos para la explotación. Solas. Pero, gracias a Avilés y Eve, no mudas.
https://elcomercio.pe/opinion/columnistas/camarista-leda-m-perez-noticia-ecpm-670278  

martes, 23 de julio de 2019

Palomitas de Maiz - comentario de José Luis Panero sobre La política va al cine

¡Mis queridos palomiteros! Tecnos lanza ‘La política va al cine’: la realidad supera a la ficción, coordinada por los especialistas política comparada y relaciones internacionales, Manuel Alcántara (Universidad de Salamanca, España) y Santiago Mariani (Universidad del Pacífico, Perú).

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lunes, 4 de marzo de 2019

¿Adónde llevan los caminos luego de Roma? - por Leda Pérez (El Comercio)

“En gran parte del mundo, mujeres jóvenes continúan sirviendo en hogares que no son los suyos, a menudo recibiendo poca remuneración, a veces nada”.

Comentario publicado en El Comercio el 20 de febrero de 2019

Fuente: https://elcomercio.pe/opinion/colaboradores/llevan-caminos-luego-roma-leda-perez-noticia-609416 

Apuesto que “Roma”, la aclamada película del cineasta mexicano Alfonso Cuarón, ganará al menos uno de los premios Óscar. Tan bello como conmovedor, su filme ha sido particularmente celebrado por su enfoque en un personaje bien conocido en América Latina: la trabajadora del hogar. 


Tanto en conversaciones personales como en la prensa, los comentarios han revelado la intensidad de la cuerda tocada en los corazones de algunos que experimentaron infancias de clase parecidas a la que Cuarón tan hábilmente describe en su película. Algunos de los artículos que he leído muestran una suerte de ‘saudade’ en torno a afectos para ex niñeras. Otros centran su atención en la fortaleza de dos mujeres abandonadas frente a una sociedad machista.



Lo que brilla por su ausencia es una reflexión sobre la posición de la protagonista, Cleo, como trabajadora doméstica y cómo –o si– ese rol ha cambiado hoy. No obstante, a través de la mirada de Cuarón, vemos claramente un personaje que no es unidimensional; es alguien con matices, con una vida propia y que experimenta situaciones complejas como se ilustra, por ejemplo, en la escena traumática donde la hija de Cleo nace muerta.

Pero en ninguna parte de esta película el espectador ve o siente la indignación, la frustración, la ira –o incluso la impotencia– de Cleo en su papel de sirvienta. Debo imaginar que alguna vez se habría preguntado por qué no gozaba de los mismos privilegios y de la movilidad social que experimentaban sus empleadores.
Entre las muchas entrevistas que he tenido con trabajadoras del hogar, como parte de mi investigación en curso, puedo dar testimonio de las complejas emociones que coexisten en las personas que realizan este trabajo. He escuchado historias de profundo afecto por los empleadores, inclusive caracterizando la relación como una en la cual ella era vista como parte de la familia. Pero, incluso en esos casos, he descubierto que cuando la superficie se araña solo un poco, surgen muchos sentimientos complicados, a veces contradictorios. Entre ellos la indignación y, a menudo, la confusión que conlleva el no formar parte de la misma familia. El trato es desigual; saben que pueden ser fácilmente descartadas.
Mientras que Cuarón imbuyó el carácter de Cleo con sentimientos y agencia, ese mismo sentido de sí misma no surgió con respecto a su papel como sirvienta. No vemos a Cleo cuestionar su posición en esta familia, su papel en el trabajo o en la sociedad. 


Ni cuando el padre de familia regresa del trabajo y ella se queda afuera con la otra criada, el perro y sus excrementos. El patriarca ni siquiera mira a la persona que abrió las puertas del patio y sostuvo al perro, para poder ingresar con su auto demasiado grande para el estacionamiento. Sin embargo, Cleo no muestra molestia por no ser reconocida como un ser humano, o como alguien amada por ese hogar. Asimismo, después de perder a su propia hija, su empleadora insiste en que Cleo la acompañe en la vacación familiar, la cual culmina en su rescate de los dos niños más pequeños del océano, a pesar de su propia incapacidad para nadar. La película finaliza con un abrazo familiar donde madre e hijos le dicen a Cleo que la quieren.



Cómo se siente Cleo con respecto a su lugar en esta familia que dice que la quiere pero que espera que limpie las deposiciones del perro, salve a los hijos y les sirva en su mesa familiar donde no hay un asiento para ella termina siendo una incógnita irresuelta. 



En gran parte del mundo, mujeres jóvenes continúan sirviendo en hogares que no son los suyos, a menudo recibiendo poca remuneración, a veces nada. Y todavía hay divisa en la idea de que, debido a la proximidad compartida y la responsabilidad que les incumben, son parte de la familia. Pero no lo son. No ocupan espacio igual; no se sientan en la misma mesa; su tiempo no es el suyo; no gozan de los mismos derechos. 



La servidumbre sigue siendo una institución en América Latina. Las personas que hacen este trabajo son invariablemente no blancas y migrantes. Y son mujeres. Supongo que por eso prefiero tener una conversación sobre por qué es así; por qué los parques siguen llenos de niñeras uniformadas corriendo detrás de los niños de otras personas, en lugar de disfrutar de los medios para pasar el tiempo con los suyos.

Green Book: Viajar es fatal para los prejucios - por Mario Granda (RPP)

La ganadora del premio Óscar a la Mejor Película se inspiró en una guía de viajes creada para que personas de raza negra pudieran viajar seguras en un país aún dividido por el racismo. No obstante, también fue una forma de ejercer un silencioso pero constante activismo.

Por: Mario Granda
Comentario publicado en el portal de RPP el 27 de Febrero de 2019
Fuente original: https://rpp.pe/columnistas/mariocarlosgrandarangel/green-book-viajar-es-fatal-para-los-prejuicios-noticia-1182930 
La película Green Book (2018), que acaba de recibir el premio Óscar de la Academia a Mejor Película, relata los viajes que realiza un pianista afrodescendiente durante una gira de conciertos por el sur de los Estados Unidos a comienzos de la década de 1960. El Cadillac Sedan en el que viaja Don Shirley (Mahershala Ali) es conducido por Tony Lip (Viggo Mortensen), un matón de casinos neoyorkino de origen italiano que también tiene la tarea de protegerlo si es que a lo largo del camino surgiera algún peligro.
Sin embargo, el verdadero guion de la película no se encuentra tanto en las peripecias que envuelven a los dos viajeros sino en la guía de viajes –el Green Book– que utiliza Tony para saber cuáles son los hoteles, restaurantes, sastrerías y cualquier otro tipo de establecimiento que permite la entrada de la población negra. En el filme, el virtuoso Don toca sus piezas en los mejores salones para aristócratas blancos, pero cuando es hora de dormir tiene que pasar la noche en las pensiones solo para aquellos de su condición. Si se atreve a entrar a un bar reservado para blancos, puede terminar golpeado; si quiere comprar un terno para él, los vendedores no se lo ofrecerán. En más de una ocasión, Tony tiene que mostrar sus fuertes brazos y usar su replana para que las cosas no terminen mal.

. | Fuente: The Green Book - Carátula 1949
El Green Book que Tony lleva en sus manos se inspira en una guía de viajes norteamericana que se vendía bajo el nombre de The Negro Motorist Green Book. La guía apareció por primera vez en 1936 y con el tiempo se convirtió en el libro obligado de todo hombre o mujer de raza negra que deseara recorrer un país todavía dividido por la doctrina del racismo. Para no correr con posibles riesgos, la guía proveía los nombres de las tiendas, garajes, gasolineras, salones de belleza, farmacias, sastrerías, nightclubs, licorerías y otros establecimientos que aceptaran a los viajeros de color. Una copia de la guía del 1949, disponible en internet, revela también que una de las preocupaciones de estos viajeros no solo eran las posibles agresiones sino la deshonra pública por la que podían pasar al poner el pie en un lugar equivocado.
El Green Book lo sabía muy bien, y es por eso que en una de sus páginas dice: “¡Ahora podemos viajar sin humillaciones!”. Además de la información sobre Estados Unidos, también se encuentran referencias para los viajeros que quisieran ir a Alaska, Canadá, México o las Bahamas. También hay espacios para algunas reseñas turísticas y para la publicidad. En una de las páginas encontramos una noticia sobre la ciudad de Robbins, en el estado de Illinois, que el autor invita a visitar; la ciudad destaca porque es “una ciudad apropiada y supervisada por negros [negroes]”. La compañía Ford, consciente del mercado emergente de la comunidad negra norteamericana, tiene reservada una amplia nota y una fotografía del último convertible que ha salido al mercado.
Precisamente, uno de los factores que ayudó mucho a la popularidad de la verde guía fue el interés de las familias negras por los automóviles, pues los autobuses eran los espacios en los que recibían mayores agravios. El éxito del pequeño libro de no más de cien páginas fue tal que estuvo a la venta durante treinta años (desde 1936 hasta 1966) y en sus mejores tiempos llegó a imprimir 15 000 copias. El creador y el editor de la guía fue Víctor Hugo Green, un cartero del servicio postal que a lo largo de sus recorridos descubrió las dificultades que podían tener personas como él.
En la carátula de la copia que tenemos se encuentra una cita de Mark Twain, infatigable viajero del sur: “Travel is fatal to prejudice” (“Viajar es fatal para los prejuicios”). Pero verdaderas dotes literarias de Victor Hugo (además de su nombre) se encuentran en la extensa presentación de la guía. En ella el escritor conjetura tiempos mejores para los de su comunidad: “Llegará alguna vez el día en el futuro cercano en que esta guía no será publicada. Eso ocurrirá cuando nosotros, como raza, tengamos en los Estados Unidos oportunidades y privilegios iguales. Será un gran día para nosotros suspender esta publicación, pues allí podremos ir donde deseemos sin humillaciones”.
Green no pudo ver este momento, pues murió en 1960, seis años antes de que la guía dejara de publicarse. No obstante, sus palabras todavía sirven a muchos para seguir en la procura de una existencia más justa.

martes, 27 de noviembre de 2018

"Reinas de Cine" - Josep M. Colomer

Artículo publicado en La Vanguardia (27-11-2018)

Películas y series como ‘La reina’ o ‘The crown’ se 

han ocupado de reflejar las relaciones entre corona 

y gobierno, no siempre tan plácidas como se podría 

suponer.


Además de la española, hay un par de docenas de monarquías parlamentarias en el mundo, la mitad de las cuales son miembros de la Commonwealth británica. El constitucionalista británico Walter Bagehot sostuvo que el secreto eficiente de un régimen parlamentario es la cooperación entre el primer ministro y el parlamento. Cuatro películas recientes sugieren que hay otro secreto eficiente en las monarquías parlamentarias: la cooperación entre el primer ministro y el rey o la reina, que oficialmente es quien asiente, sanciona o promulga las leyes, designa al primer ministro y puede disolver el parlamento y convocar nuevas elecciones, como en España. La dinámica de tensión y cooperación entre las dos instituciones es un tema recurrente.

En El discurso del rey (Tom Hooper, 2010), el arzobispo de Canterbury, que está encargado de organizar la coronación de Jorge VI en 1937, le advierte que “la función de Su Majestad es consultar y ser asesorado”, y como el próximo Rey quiere añadir a su profesor de corrección del habla a la lista de invitados, le indica: “En esto no consultó, pero acaba de ser aconsejado” (de no hacerlo). Sin embargo, la respuesta real difiere: “Ahora le aconsejo yo. En este asunto personal, tomaré mi propia decisión”. Este diálogo esboza las tensas relaciones de consulta y asesoramiento mutuo que pueden fomentar diversas formas de cooperación interinstitucional.


El mismo Jorge VI es personificado en The crown (2016), la serie de televisión de Netflix con excelentes guión, director, actores y reproducción de los palacios y edificios originales. El Rey, yendo directamente al grano, comunica a uno de sus ministros, a la inversa que en el episodio que acaba de referirse, que “como soberano, tengo el derecho de ser consultado, de alentar, de advertir”.
Algunos años después, en la misma serie, la hija y sucesora de Jorge VI, Isabel II, es enseñada por su tutor, precisamente refiriéndose a Bagehot, que “las dos instituciones, la corona y el gobierno, la digna y la eficiente [respectivamente], sólo funcionan cuando se apoyan mutuamente. Cuando cada una confía en la otra”.
Otra versión ficticia de Isabel, supuestamente más de cincuenta años más tarde, aparece en la película La reina (Stephen Frears, 2006). En el primer encuentro de la Reina con una versión ficticia del primer ministro Tony Blair, ella advierte que es su “responsabilidad constitucional aconsejar, guiar, y advertir al gobierno del momento”. Más adelante, comenta: “Recuerde, Primer Ministro, soy yo la que le aconseja a usted.” Blair había aconsejado a la Reina sobre cómo lidiar con la crisis de opinión pública desencadenada por la muerte de la Princesa Diana, pero se disculpa “en caso de que pueda sentirse maltratada o manejada de alguna manera”. Al final, el ficticio Blair elige apoyar a la Reina porque se da cuenta de que sobreviven juntos y que, si ella cae, caen juntos.
Consultar y ser consultado, asesorar y ser asesorado, de eso trata el juego entre la corona y el primer ministro. Sin embargo, el contenido preciso de estas interacciones es bastante ambiguo. Para algunos, puede significar que la corona no debe hacer nada; para otros, que puede tener un papel activo en asegurar la gobernación del país.

Lo primero es el consejo de la viuda de Jorge VI, la Reina Madre María, a Isabel en The crown: “No hacer nada es el trabajo más difícil de todos. Y tomará cada onza de energía que tengas. Ser imparcial no es natural, no es humano. La gente siempre querrá que sonrías o que estés de acuerdo o que frunzas el ceño. Y en el momento en que lo hagas, habrás declarado una posición. Un punto de vista. Y esa es la única cosa que como soberana no tienes derecho a hacer. Cuanto menos hagas, menos digas o concedas o sonrías...”.
Isabel: “¿O piense? ¿O sienta? ¿O respire? ¿O exista?”.
Reina María: “...Mejor”.
En contraste, el consejo de ser más influyente aparece visiblemente en momentos de crisis. Cuando el primer ministro Winston Churchill exhibe su fragilidad como consecuencia de su avanzada edad y sus múltiples enfermedades, el abdicado rey Eduardo VIII da su opinión a su sobrina, la reina Isabel:
“Como Reina, tienes el derecho de ser consultada. El derecho de alentar. El derecho a advertir. Asimismo, a nombrar un nuevo primer ministro en caso de incapa­cidad y muchos dicen que el comportamiento de Churchill ahora constituye incapacidad. Te han pedido tu ayuda y tu influencia”.
Sin embargo, la Reina teme que esto violaría la constitución y anuncia:
“No puedo hacerlo. No lo haré”.
Su tutor está bastante de acuerdo con el exmiembro de la Casa ­Real:
“De memoria, y perdóneme, Señora, porque hace tiempo que no leo a Bagehot, pero en circunstancias como estas, ¿no es también su deber actuar?”.
Y lo que es más importante, el secretario privado de Jorge VI y de su hija le sugiere que, en contraste con la negativa de su padre a nombrar un nuevo primer ministro sin una elección, ella podría intervenir cuando se enfrenta a “una situación diferente, [y es] una soberana diferente”. Entonces, la Reina advierte a Churchill que, aunque no es su trabajo gobernar, sí lo es “asegurar una gobernanza apropiada”. En otras palabras, implícitamente cambia el énfasis del proverbio habitual: la Reina no gobierna, pero reina. Aunque la serie de televisión no es explícita al respecto, el verdadero secretario privado Tommy Lascelles introdujo el principio de que la Reina podría rechazar la propuesta de un primer ministro de convocar una nueva elección si pudiera “confiar en encontrar otro primer ministro que pudiera gobernar durante un periodo razonable con una mayoría viable en la Cámara de los Comunes”. De hecho, la reina Isabel usó abiertamente este poder dos veces, en 1957 y 1963, cuando dos primeros ministros renunciaron por razones de salud, y ella seleccionó, cada vez, a su candidato preferido entre varios del mismo partido. Será interesante ver cómo se tratan estos eventos en otros episodios de la serie.
En tiempos más recientes, el principio de Lascelles ha perdido relevancia. En primer lugar, porque en el 2011 el Parlamento Británico aprobó una ley de plazo fijo que limita el derecho a convocar una elección anticipada. En segundo lugar, porque si un primer ministro renunciara por razones de salud, accidente u otras, cada uno de los dos principales partidos políticos probablemente sería ahora más ­capaz de seleccionar a su candidato que en algunos períodos del pa­sado.
Aparecen problemas similares en la interesante película Majesteit (Peter de Baan, 2010). Una versión ficticia de la reina Beatriz de Holanda va a leer ante el Parlamento el Discurso del Trono anual apoyado por el gabinete, en el cual se anuncian los planes del Gobierno para el año parlamentario. En el último momento, la Reina quiere introducir un par de cambios en el texto previamente acordado. Rechaza la declaración del Gobierno de que su “política de integración” de los inmigrantes haya sido “un éxito”, ya que se queja de la deportación de solicitantes de asilo. El primer ministro, una versión ficticia de Jan Peter Balkenende, gesticula que él ha podido convencer al Gobierno de que permita las palabras de la Reina sobre una “sociedad multirreligiosa”. Pero rechaza otra enmienda que tendría un ­impacto sustantivo en las políticas públicas y el presupuesto: comprometer a varios departamentos ministeriales en apoyar recursos “para ayudar al continente de África”, incluidas medidas explícitas para aliviar el hambre y la enfermedad y la cancelación de restricciones ­comerciales desventajosas para África.
El primer ministro presenta una firme oposición y advierte sobre las relaciones institucionales:
“Majestad, se le permite que haga aportaciones al Discurso del Trono. Pero usted no puede determinar su contenido... Usted tiene que cumplir.”
El tono sube de nivel cuando amenaza a Su Majestad con leer el discurso él mismo. Y entonces el primer ­ministro resume crudamente el lugar institucional de la corona en el régimen parlamentario del país:
“Majestad, Holanda no le pertenece. Formalmente, usted es parte del gobierno, pero no tiene responsabilidades. Su posición no le permite hacer demandas. Usted tiene la libertad de ofrecer consejos. Como cualquier otro ciudadano. Todo lo que dice son palabras de otra persona. Todo lo que dice y hace... lo hace y dice en nombre del gobierno.”
Como la Reina no se rinde, el primer ministro diagnostica: “Majestad... esto significa el fin de su reinado”.
Pocas horas después, la versión ficticia de la Reina Beatriz cumple y lee el texto del Gobierno al Parlamento. De lo contrario, tanto la Corona como el Gobierno podrían haber caído. Cuando el hijo de la Reina (y pronto sucesor), Guillermo-Alejandro, le reprocha haberse sometido, ella le informa: “Si no dices lo que el primer ministro quiere, estás fuera”.
Guillermo-Alejandro responde: “Tu recitarías el listín telefónico si el Gobierno te lo pidiera.”
“Por supuesto que lo haría”, confirma ella.
Josep M. Colomer es autor del libro España: la historia de una frustración (Anagrama). Este artículo está adaptado de su contribución al libro colectivo ‘ La política es de cine’ (comp. Manuel Alcántara y Santiago Mariani, Tecnos, 2018)

viernes, 18 de mayo de 2018

Recordar a quien no estuvo - Manuel Alcántara

Comentario publicado en Salamanca al Día

http://salamancartvaldia.es/not/178465/recordar-a-quien-no-estuvo/

Una discusión con amigos acerca de cuestiones cinematográficas nos lleva a Charlotte Rampling y ello me conduce a ir a ver The Sense of an Ending de Ritesh Batra (2017) donde ella actúa con Jim Broadbent. Una película que desarrolla el papel de los recuerdos, su manipulación, en parte, y los mecanismos del olvido que se activan tan fácilmente, pero que también pueden revertirse cuando algo inesperado sucede ¿Son las evocaciones el puro reflejo de la realidad o son historias que nos contamos a nosotros mismos? ¿El hecho idéntico de naturaleza íntima que vivieron dos personas, se recuerda igual cuarenta años después? El lenguaje del cine siempre ha sido poderoso para explicar esta ambivalencia. A mi juicio supera al de la literatura, aunque esta haya producido obras portentosas. De los autores españoles del presente, Javier Marías es un maestro indiscutible, Javier Cercas no se queda a la zaga. Sin embargo, el cine tiene una capacidad de representarla de manera más nítida y condensada. No hay equívocos posibles.
La prisionera del campo de concentración que interpreta Charlotte Rampling en “Portero de noche” de Liliana Cavani (1974) también se acuerda de lo que allí había pasado y sus remembranzas coinciden con las del nazi interpretado por Dirk Bogarde. Esa es la magia de esa película provocadora, maravillosa; para algunos, soez, insoportable. Que las evocaciones se hagan presentes mediante flashbacks, a través de fundidos inesperados. Una ayuda a la desmemoria, una apuesta por los lenguajes superpuestos. Otros dicen que es una medida facilona en pro de una pedagogía barata. Alguien pudo no estar allí, pero la cámara siempre puede estar, se convierte en el demiurgo todopoderoso, el sabelotodo inquietante que posibilita resolver el enigma. En la vida no es tan diferente, aunque se rompan las reglas cartesianas de la buena memoria. Las pruebas son los documentos que fijan los recuerdos. Aquella carta que quedó al fondo del cajón, la foto entre las páginas del libro, el diario que confiaste a tu amante.
Testimonios físicos que, se dice, no pueden adulterarse. Están ahí, su significado es inequívoco. Pero ¿qué sucede cuando juras tener la foto de quien no estuvo? Has construido su recuerdo sobre aquella imagen de quien, incluso afirmas, posó para ti en aquel puente con la puesta de sol al costado. De nada sirve que te digan que nunca estuvo porque no pudo estar. Porque entonces se hallaba en otro país, o yacía en un hospital o, todavía más desesperante, porque no había nacido o porque había muerto. No obstante, tienes el recuerdo y lo evocas cada vez que pasas por aquel puente. No quieres que piensen que estás mal de la cabeza, o no te importa. Has logrado llegar a una situación en que mantienes que los recuerdos son tuyos y que no importa, por consiguiente, si para ellos no estuvo. Por eso callas y ya no hablas de tus recuerdos. No, no es que los inventes. No. Simplemente forman parte del otro lado de tu vida.

lunes, 23 de abril de 2018

Sobre la política en el cine - reseña de Rafael Marfil-Carmona

Sobre la política en el cine

Aprovechando que llega el día del libro, es un momento idóneo para recomendar una publicación muy especial: La política es de cine, editada por el Centro de Estudios Políticos y Constitucionalesen este mismo año, 2018. Se trata de una obra colectiva, coordinada por el catedrático de Ciencia Política y Sociología de la Universidad de Salamanca, Manuel Alcántara, junto al investigador y profesor de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya (UARM, Perú) Santiago Mariani, experto en este apasionante territorio común entre el complejo universo de la política y su representación fílmica. De hecho, es la segunda parte de otra recomendable obra, publicada inicialmente en 2014: La política va al cine, coordinada por estos mismos autores. Editada por una entidad de prestigio, cuya editorial está situada entre las 25 mejor valoradas por los expertos en España, con una relevancia destacada en Derecho y Ciencias Políticas, se trata de un trabajo que constituye, sin duda, una aportación de calidad y de gran interés en lucha por el diálogo interdisciplinar, una tarea que no siempre se valora con justicia en el mundo universitario.
Ha sido un placer, en su lectura, comprobar la calidad y diversidad de estilos en las aportaciones de personas expertas en Ciencia Política, Sociología o Economía, entre otros ámbitos, pero que son a la vez cinéfilas. Se trata de un contenido divulgativo, especialmente recomendable para revisar lo que está dentro y fuera de las pantallas. Se reflexiona en torno a un imaginario que, además de reflejar las luces y sombras de la actividad política durante toda la historia del cinematógrafo, ha influido indiscutiblemente en nuestra forma de pensar y aprehender el mundo, ya que lo hemos pensado, en muchos casos, tal y como hemos podido conocerlo a través de los medios de comunicación y, en especial, en su representación audiovisual, hoy día digital. Participar recientemente en su presentación, además en mi librería de cabecera, Babel, en Granada, ha sido un verdadero placer y una oportunidad para aprender.
Junto a Manuel Alcántara Sáez, que me hizo reflexionar sobre algunas esencias fundamentales de la actividad política y sobre el grado de pasión y conocimiento por el cine que cada uno es capaz de admitir (siempre menos del que realmente demostraban los intervinientes), pude conversar y debatir en torno a la temática del libro con otras dos personas que, en lo concerniente al cine, atesoran casi todo el conocimiento posible, algo de lo que no tengo duda desde que iniciamos nuestras conversaciones sobre la gran pantalla hace décadas, varias, constatando después cómo esa pantalla se ha hecho tan pequeña como para poder llevarla en el bolsillo. Uno de ellos es Manuel Trenzado, profesor de la Universidad de Granada, autor de uno de los capítulos y experto en el reflejo de ese universo político en el cine español, ámbito sobre el que ha investigado y publicado también en revistas científicas. Se trata del impulsor también de la publicación, al que estoy agradecido por la invitación a una charla que mostró el camino también para futuras reflexiones y, por qué no, líneas de investigación. El otro contertulio, Juan de Dios Salas, es posiblemente la persona que más sabe en mi ciudad (o de las que más) sobre ese mundo tan sencillo y tan complejo a la vez como es el cine, director del Cine Club Universitario de UGR y del festival de cine clásico Granada Paradiso. Todo ello, además, con la participación e intervenciones de compañeros/as de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología y otras personas interesadas, vinculadas al ámbito cultural, como María José Sánchez.
Habrá tiempo para reseñar y citar este trabajo, que me acompaña ya en las estanterías de casa como referencia para recordar lo importante de la conexión de lo fílmico con la realidad, la profunda implicación social que tienen los medios de difusión masiva en nuestro presente y en nuestro futuro. Además, he podido aprender y repensar algunas cosas desde la óptica del contexto y de la sociedad, trascendiendo una línea más habitual en la Teoría del Cine, como es la inmersión en el lenguaje audiovisual, la semiótica textual y la narrativa. Con esa frescura, propia de profesores/as de otro ámbito que se toman muy el serio el cine, el resultado es impecable. Me atrevo a recomendar su lectura, sobre todo, por el carácter divulgativo y la calidad intelectual de la obra. Es un libro, en cierto sentido, didáctico, una selección de títulos que puede convertirse en una propuesta para nuestra propia agenda de visionado en casa (aunque no sea lo mismo que en la sala). Además, cada capítulo podría ser punto de partida y material docente para un cinefórum en cualquier contexto de educación formal o no formal. Sintetizo algunas ideas extraída del debate, destacando contenidos de especial interés, para finalizar con el esbozo del futuro de esta línea de trabajo, que no es otro sino dirigir la mirada a la cultura digital y a la narrativa transmedia.
Espectáculo, relato y oscuridad
Tres ideas que, personalmente, me parecieron muy interesantes en el debate celebrado en la librería Babel. Las dos primeras se desprenden del magnífico prólogo, que es toda una declaración de principios y, en lenguaje investigador, un verdadero estado de la cuestión. En ese texto, Manuel Trenzado, Manuel Alcántara y Santiago Mariani hablan de la espectacularización de la política, en una hibridación e influencia mutua con lo audiovisual que nos ayuda a comprender fenómenos recientes y la esencia identitaria de generaciones que han accedido al poder tras una formación e influencia de fenómenos como el cine o las series audiovisuales, como es el caso de Podemos, personificado en parte de la producción académica del propio Pablo Iglesias. Habría muchos ejemplos en el ámbito internacional. Esos trazos están perfectamente esbozados en las páginas de este libro.
Una segunda idea, no menos importante, es la rotunda presencia de la idea concepción de la acción política como relato, vigente en la propia gestión del liderazgo y absolutamente protagonista en los medios audiovisuales. En ambos sectores se ha impuesto un nuevo paradigma basado en storytelling, el enfoque narrativo y constante aportación de historias, en un desarrollo transmedia. Por último, entre otras muchas cuestiones de interés en esta línea de reflexión, es inevitable plantearse por qué el reflejo de la política en el cine y en las series de televisión se caracteriza, sobre todo, por la manipulación y la complejidad, algo sobre lo que fue una suerte poder conversar con Manuel Alcántara, descubriendo en ese momento su calidad humana y, al elaborar esta entrada, que fue en 2015 uno de los 50 intelectuales iberoamericanos más influyentes. Su capítulo sobre Orson Welles tiene mucho que ver con el reflejo de esa oscuridad del político. En ese texto, además, he conocido la referencia a una frase atribuida al director de Cuidadano Kane: “Lo malo de la izquierda americana es que sólo se traicionó para salvar sus piscinas”. Solo ese inicio es una base sólida para comprender mucho sobre el Star System de Hollywood, la caza de brujas y aquella época, tal y como escribí en la guía de visionado de Trumbo. La lista negra de Hollywood (Jay Roach, 2015) para un ciclo reciente de AulaCine CAJAGRANADA.
Diversidad de contenido y futuro para la próxima publicación
Como síntesis, cada capítulo aporta algo. No hay ningún texto que esté por debajo de la calidad media, lo que es poco frecuente en un libro de compilación. Enumero: El “malinchismo” al que hace referencia Fernando Barrientos, en su capítulo de Buñuel; el tránsito de lo moderno a lo posmoderno, con dos títulos escogidos magistralmente por Ramón Máiz: Metrópolis (Fritz Lang, 1927) y Blade Runner(Ridley Scott, 1982); la esencia irlandesa de John Ford, perfectamente explicada por Enrique San Miguel Pérez; la homofobia en el cine, en una cartografía trazada por Javier Corrales; la comprensión del contexto histórico y político de Ruanda, en el análisis realizado por Javier Duque Daza; “La emoción y la fuerza del sentido inicial” (p. 180) al repasar los inicios de las sufragistas, en el capítulo de Carmen Ilizarbe Pizarro; La figura de Lincoln a través del comentario argumental realizado por Santiago Mariani; la vertiente social de Ken Loach, en el texto de Joan Subirats; el erudito recorrido de Manuel Trenzado por la representación de la política en el cine español, junto a la mirada hacia las “microhistorias” en la transición, realizada por Leticia M. Ruiz Rodríguez, o el disputado voto en la transición, estudiado por Irene Delgado; el aprendizaje de los valores en Harry Potter, en un trabajo de Maxwell A. Cameron que nos recuerda que todo es magia hablando de la virtud, la ética y la amistad; el reflejo de la monarquía, en la que contrasta la figura pública y la persona “normal”, según el estudio de Josep M. Colomer, junto a un recorrido por “la vida de los rojos” en el cine, estructurado por Carlos Flores Juberías en verbos que indican pura acción: mitificar, vivir, luchar, escapar, reír, añorar… pensar. Todo eso es precisamente el cine.
El presente digital
Tal y como se ha sugerido y como se explica muy bien en el prólogo de este libro, al mirar a nuestro alrededor vemos la transformación del medio audiovisual y también de la realidad política, la constatación de aquella figura que parecía profética y que hoy es una realidad, como es el prosumidor como nuevo perfil  de ciudadanía activa en la Red. Junto a ello, la convergencia mediática también hace imprescindible revisar la conexión entre comunicación y política desde la atención a las nuevas estrategias de la narrativa transmedia, con una presencia destacada de las series de televisión, de segundas y terceras pantallas, de diálogo y factor relacional, tal y como venimos recordando en TRICLab. Todas esas cosas de las que, con seguridad, seguiremos hablando y escribiendo pero, mientras tanto, vale la pena leer este libro.
Para citar el libro reseñado: Alcántara, M. y Mariani, S. (Coords.) (2018). La política es de cine. Madrid: Centro de Estudios Políticos y Constitucionales. ISBN: 978-84-259-1706-1.
Para citar este post: Marfil-Carmona, R. (2018, 22 de abril). Sobre la política en el cine [Entrada en un blog]. Imaginado. Recuperado de https://blogs.ugr.es/rafaelmarfilcarmona/2018/04/22/la-politica-es-de-cine/
Publicado en https://blogs.ugr.es/rafaelmarfilcarmona/2018/04/22/la-politica-es-de-cine/ 

domingo, 8 de abril de 2018

La política es de cine - Estudios de Política Exterior

28 / MAR / 2018

LA POLITICA ES DE CINE - ESTUDIOS DE POLÍTICA EXTERIOR

Según Jean-Luc Godard, todo cine es político y ningún plano es neutral. Cada toma es un disparo. En Francia, las primeras imágenes cinematográficas de las que hay constancia son de la salida de un grupo de obreros de una fábrica. En España, de la salida de un grupo de feligreses de la misa del Pilar de Zaragoza. El cine, como se ve, no solo crea valores, también los refleja. Convertido desde sus inicios en un espectáculo de masas, el cine en seguida alcanzó un sentido político gracias a su capacidad de influir en la opinión pública. Lo vieron los comunistas, los fascistas y los nazis, pero también los demócratas. EEUU no dudó en alistar a los mejores directores de Hollywood (véase el documental Five Came Back, de Netflix) para que le contasen al pueblo americano por qué luchaban en la Segunda Guerra Mundial.
Pero en un ecosistema mediático en plena revolución, ¿sigue siendo el cine tan relevante, políticamente hablando, como en el siglo XX? Los coordinadores de La política es de cineManuel Alcántara y Santiago Mariani, defienden que sí. Según ellos, contra todo pronóstico en lo que llevamos de siglo XXI se está prestando una renovada atención a los aspectos políticos del cine. Y esto se debe a tres factores, de acuerdo con su interpretación. El primero sería la centralidad política que ha adquirido el concepto de relato: la política se ha convertido, en buena parte, en un combate por el establecimiento de relatos hegemónicos y en este terreno, el cine, forjador de relatos, se convierte en una herramienta formidable. El segundo elemento tiene que ver con las llamadas narrativas transmedia: el espacio comunicativo, el espacio mediático como territorio en continua mutación, dinámico e impredecible; en una palabra, “líquido”. En este contexto nuevo el cine, un espectáculo en aparente retroceso, se adapta al ecosistema: todavía se ruedan y se ven películas a la vieja usanza, pero la producción y el consumo del cine también está cambiando. El tercer y último elemento quizá necesite menos explicación: la espectacularización de la política. Según Alcántara y Mariani, “ahora la relación entre política y ficción es bidireccional”. A la hora de narrar valores, enmarcar problemas o crear subjetividades políticas, los formatos de la cultura popular como el cine son perfectos ante una audiencia que construye su identidad, cada vez más, mediante la interacción con relatos de ficción: series, películas, videojuegos…
En La política es de cine, Alcántara y Mariani congregan a un grupo de académicos de distintas latitudes –que tienen la ciencia política como su quehacer diario y el cine como un mecanismo imprescindible para entender los fenómenos propios de la política– y les invitan a hablar de Orson Welles, Fritz Lang, Luis Buñuel, Ridley Scott y John Ford, entre otros de los grandes. Porque, como insistía Godard, cada toma es un disparo.

jueves, 9 de marzo de 2017

Reseña de David Carrión en Athenea Digital

Publicado en Athenea Digital, Vol. 17, Número 1 (2017)  

Fuente: file:///C:/Users/Santiago%20Mariani/Downloads/1916-7886-4-PB.pdf

Hoy en día existen una serie de libros que intentan, bajo la honorable égida de enseñar divirtiendo, resultar interesantes a los alumnos que cada vez pueblan menos nuestras aulas universitarias. Es evidente que el alumno actual, dada la terrible incertidumbre económica que se ha instalado hace algunos años en nuestras sociedades, ya no viene tan motivado como antaño pues piensa, no sin razón, que el acabar una titulación universitaria con brillantez, y el escribir y hablar con fluidez el inglés, no significa tener asegurado un buen futuro profesional. Por ello, hoy más que nunca es necesario que el profesor motive al alumno, y una forma inmejorable de lograrlo es intentar comentar conceptos importantes de su asignatura vinculándolos a alguna de las aficiones de sus estudiantes. Parece, en ese sentido, que el cine sería el instrumento idóneo para ello.

Manuel Alcántara y Santiago Mariani han coordinado una obra coral, en la que los autores que firman sus capítulos reflexionan sobre el cine y la política con la férrea convicción de que el cine, como arte por antonomasia del siglo XX, es un mecanismo imprescindible para comprender en profundidad la política. Los coordinadores han dado plena libertad a los autores sobre el contenido de sus capítulos, limitándose a homogeneizar la forma de los mismos. Es de agradecer, en cuanto a este aspecto formal, que en este libro se hayan incluido solamente las notas bibliográficas necesarias y a pie de página además, lo que facilita y agiliza, en gran medida, la lectura, frente a esa costumbre extendida en no pocas editoriales de llevar las notas bibliográficas al final del libro, a pesar de que dificulten y, en no pocos casos, disuadan de su lectura. 

Quizá un aspecto no muy positivo para algunos lectores en esta obra notable, interesante y amena es que, a causa de esa libertad temática, no existe un auténtico hilo conductor a lo largo del libro, más allá de la reflexión política enmarcada en alguna obra cinematográfica, pero que queda salpicada de conceptos, ideas y reflexionas dispersas: a saber, y sin ánimo de ser exhaustivo, hay algún capítulo, por ejemplo, dedicado a la obra cinematográfica de un director de cine —Complejidad, subjetividad y poder en el cine de Stanley Kubrick (Alcántara, 2016)—, también es posible encontrar algún capítulo que desgrana el tratamiento cinematográfico que ha recibido la figura de un pensador político —Maquiavelo en el cine. Mito y distorsión de la imagen del poder (Barrientos, 2016)—, otros capítulos están dedicados a películas específicas —Marea Roja y los límites del poder ejecutivo (Cameron, 2016)— o bien a conceptos políticos determinados —Partidos políticos y selección de candidatos: una visita cinematográfica (Luca, 2016) —. Los coordinadores del libro, probablemente conscientes de esta ligera falta de cohesión, han insertado los capítulos de los autores, en función de su contenido, en alguno de los tres ejes temáticos que forman parte de él. La primera parte del texto, o primer eje temático, se denomina, sencillamente, El poder. Uno de sus capítulos más destacados es el titulado 

Los políticos y sus entornos desde el cine (Ames, 2016). En él se analizan tres películas estrenadas en el siglo XXI: El ejercicio del poder —sobre una situación límite que vive un ministro de un gobierno—, Il divo —una biografía de Giulio Andreotti— y Presidente Miterrand. El paseante del Campo de Marte. Las dos primeras películas mencionadas son las más interesantes, en cuanto son más críticas con la política. De hecho, Andreotti queda señalado, por su propio personaje, como un digno modelo de la obra más célebre de Nicolás Maquiavelo (1961), al afirmar refiriéndose a la acción de gobierno, sin pudor alguno, que “hay que saber usar el estiércol porque hace falta para que la vegetación florezca” (p. 41). Esta afirmación constituye una prueba irrefutable de que consideraba, como el autor florentino, que la ética es un obstáculo en el ámbito político (Ritter, 1972).

El ejercicio del poder, escrita y dirigida por Pierre Schoeller, se antoja como una de las reflexiones cinematográficas más importantes sobre la crisis política actual. En ella se puede observar el imparable distanciamiento entre la política y la opinión pública, con un papel muy cuestionable de los medios de comunicación. El deterioro de las relaciones entre los políticos y la sociedad parece irreparable y la película, sin ninguna anestesia, nos permite observar no solo la mediocridad de la clase política de nuestros tiempos sino también, y, sobre todo, el papel nuevo que desempeñan los periodistas, que ya no informan sino, como si fueran el fiscal del pueblo, acusan ante la indiferencia de la mayoría de ciudadanos, que prefieren centrarse en la búsqueda de su confort y entretenimiento. Los gobiernos actuales, no sabemos si en respuesta a ese cambio social, tratan de ganarse a los medios de comunicación y a los ciudadanos diciendo lo que guste de inmediato a su público, en una clara banalización de la política (Lipovetsky, 1986/1990). 

La segunda parte del libro, o segundo eje temático, se denomina La construcción de lo político: Estado, nación y partidos políticos. En él se puede leer otro capítulo de mucha altura y creciente interés titulado El cine y la visión cínica de las campañas electorales (D’Alessandro, 2016). Muchas son las películas mencionadas por él, ya que el cine se ha ocupado con generosidad de las campañas políticas al representar, como el propio autor destaca, “una de las dimensiones de la política en la que los cambios de época se advierten más claramente” (p. 119). En general, lo que ha ocurrido a lo largo del siglo XX y comienzos del XXI sería una absoluta profesionalización de las campañas políticas, que usarían las llamadas por Farrell (1996), como señala el propio texto, “tres t” —tecnología, tecnócratas y técnicas—, con lo que los asesores del candidato se vuelven más importantes incluso que su propio partido político y las campañas políticas cada vez resultan más caras. Una película relativamente reciente, Los idus de marzo, dirigida por George Clooney, ilustra con una buena dosis de crudeza y cinismo estos extremos. 

La tercera parte, o tercer eje temático del libro, se titula, casi lapidariamente, La negación de la democracia. El capítulo Dictaduras, ridiculez y tragedia (Serrafero, 2016) sirve, por un lado, como una poderosa ilustración de lo mejor que se puede encontrar en esta última parte, pero también tendría valor intrínseco suficiente, por otro lado, no solo para concluir esta obra, sino para apuntar algunas de las incertidumbres políticas del futuro. De hecho, entre otras películas importantes sobre autocracias o regímenes no democráticos, el autor se va a centrar en el análisis de una de las obras cinematográficas más inquietantes, en sentido político, de este siglo: La ola. Aunque se trate de una ficción, está basada en un experimento realizado por Ron Jones, profesor de historia en un instituto de Palo Alto, en 1967. 

En realidad, La ola, dirigida por Dennis Gansel, describe la manera en que un profesor decide dejar de lado la teoría para plantear un curso sobre autocracia como una auténtica experiencia para sus alumnos, consiguiendo demostrar, al final del mismo, cómo el ser humano está vinculado a la dominación y el sometimiento (Watson, 2002) y cómo valores que creemos consolidados en nuestras sociedades, como la libertad, la igualdad o los derechos individuales, pueden deteriorarse hasta llegar a desaparecer inclusive. El experimento de este profesor termina de manera trágica al aplicarlo sus estudiantes, transformados en otras personas, fuera de las aulas. Lo más terrorífico que nos deja este capítulo y este apreciable libro por extensión, recomendable especialmente para todos aquellos estudiantes y ciudadanos, en general, preocupados por elfuturo, es que podemos estar condenados a repetir experiencias dictatoriales. En palabras del propio autor: “A la vuelta de la esquina estará esperando, siempre, la tentación autoritaria-totalitaria que suele vestir distintos ropajes y resalta los fallos de la democracia” (p. 273).